Acerca de…

Obviamente uno no es un facho. Pero ya no nos bancamos las miserias con que se denosta diariamente a la dignidad de los argentinos. Pero no es tanto la malasangre que uno se hace, sino la frecuencia. Precisamente, ése es el punto, la frecuencia. Es que lentamente, sin pausa, segundo a segundo, el callo de nuestra paciencia impide sentir la pena convirtiéndonos en indignos. Sólo una persona que carece de dignidad se banca, impávido, todo lo que nos pasa.

Y la falta de dignidad es tan pero tan mayúscula que para no tener remordimientos, para acallar la voz de la conciencia, para poder mirar a los hijos de frente, para dormir de noche, los argentinos antenuamos los golpes diciéndonos - y peor, creyéndonos - que “en otros países es peor”. Mentira. En otros países con cierto grado de civilidad, como Finlandia o Chile, no es así. En Costa Rica no es así. En Uruguay, tampoco. En España, menos.

¿Por qué somos tan indignos? ¿Fue porque nos pusimos del lado de los alemanes en la segunda guerra? ¿Fue porque aceptamos las alpargatas en lugar de los libros? ¿Fue porque nos hicimos los tarados cuando sabíamos de los campos de concentración durante la dictadura militar? ¿Fue porque perdimos vergonzosamente la guerra de Malvinas? ¿Fue porque nos metieron dos hiperinflaciones al hilo? ¿Fue por que sólo salimos a cacerolear cuando está nuestra guita de por medio? ¿Fue porque no salimos a cacerolear frente a la inmunidad de que hoy gozan de los delicuentes?

¿Será que no hay más remedio? Muy posiblemente.

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